30 Ago 2015 | Sin categorizar
“Si observo lo que el Espíritu Santo hizo con nosotros y con muchos otras «empresas» espirituales y sociales que hoy trabajan en la Iglesia, no puedo sino esperar que Él actuará de nuevo y siempre con semejante generosidad y magnanimidad. Y esto no sólo con respecto a las nuevas obras que nacerán de su amor, sino también para el desarrollo de las que ya existen, como la nuestra. Mientras tanto para nuestra Iglesia sueño un clima más conforme a ella como Esposa de Cristo; una Iglesia que se presente al mundo más bella, más una, más santa, más carismática, más identificada con su modelo, María, por lo tanto, mariana, más dinámica, más familiar, más íntima, más configurada con Cristo, su Esposo. La sueño como faro para la humanidad. Sueño en ella una santidad de pueblo, nunca vista antes. Sueño que el despertar – que hoy se comprueba – en la conciencia de millones de personas, de una fraternidad vivida, cada vez más amplia en la tierra, se transforme mañana, con los años del 2000, en una realidad general, universal. Sueño por ello, que desaparecerán las guerras, las luchas, el hambre, los miles de males del mundo. Sueño un diálogo de amor cada vez más intenso entre las Iglesias, que nos permita ver más cercana la composición de la única Iglesia. Sueño que se hace más profundo, vivo y activo el diálogo entre las personas de las más variadas religiones vinculadas entre ellas por el amor, «regla de oro» presente en todos los libros sagrados. Sueño con un acercamiento y enriquecimiento recíproco entre las varias culturas en el mundo, que dé origen a una cultura mundial que ponga en primer plano los valores que siempre fueron la verdadera riqueza de cada pueblo y que se impongan como sabiduría global. Sueño que el Espíritu Santo continúe invadiendo las Iglesias y potencie las «semillas del Verbo» más allá de sus fronteras, para que el mundo sea invadido por las continuas novedades de luz, de vida, de obras que sólo El sabe generar. Para que hombres y mujeres cada vez más numerosos emprendan rectos caminos, converjan a su Creador, predispongan almas y corazones a su servicio. Sueño relaciones evangélicas no sólo interpersonales, sino entre grupos, Movimientos, Asociaciones religiosas y laicas, entre los pueblos, entre los Estados, de modo que sea lógico amar la patria de los demás como la propia. Y sea lógico tender a una comunión de bienes universal, por lo menos como punto de llegada. (…) Sueño, por lo tanto, un anticipo de Cielos nuevos y una tierra nueva como es posible aquí en la Tierra. Sueño mucho, pero tenemos un milenio para verlo realizado”. Chiara Lubich De: Actualidad: leer el propio tiempo, Cittá Nuova, Roma 2013, pag. 102-103
29 Ago 2015 | Sin categorizar
Pascual Foresi intervino en numerosas ocasiones a través de su palabra y sus escritos para presentar la teología del carisma de Chiara Lubich en su dimensión social y espiritual, subrayando con competencia la novedad, tanto de su vida como de su pensamiento. El período entre los años 1990 y 1998 fue para él especialmente intenso, respondió, en muchas ocasiones, a las numerosas preguntas de los miembros del Movimiento de todas las vocaciones y de las más variadas proveniencias geográficas y culturales. En una de estas intervenciones, le contestó a quien le pedía un consejo sobre cómo vivir la humildad[1]: «Vivir la humildad significa sencillamente aceptar que somos lo que somos –responde Foresi-. Todos nosotros somos pecadores. Si alguno dice “Yo no soy pecador”, miente. Por lo tanto siempre podemos ser humildes. Me parece que el esquema que hizo San Benito está lleno de sabiduría y me ha ayudado a vivirla. Podría sintetizarse de esta forma: El primer paso para ser humildes es aceptar las humillaciones, las mortificaciones. Si en un momento dado alguien habla mal de ti en tu oficina, en tu ambiente de trabajo, quizás debido a una incomprensión por parte de otra persona, o por una auténtica calumnia… Es necesario saber aceptar estas tribulaciones y dificultades. El segundo paso es amar estas humillaciones, que es algo más que aceptarlas. Esto vale por ejemplo cuando hemos dado la vida por otros y surgen en la comunidad acusaciones, juicios precisamente de parte de esas personas por las que hemos hecho tanto. A menudo son críticas que tienen algo de verdad, pero son exageradas. Es difícil amar tales humillaciones, pero son importantes para crecer en la vida de Dios. El tercer paso es preferir las humillaciones: no sólo amarlas, sino estar contentos. Como por ejemplo cuando alguno habla mal de ti y dices: “Esta es una gracia de Dios que recibo en este momento…”. Este es el grado más alto al que todos debemos tender, porque nos hace entrar en esa humildad a la que tenemos acceso. Obviamente, cuando es posible, las calumnias se tienen que aclarar, pero siempre con desapego, viviendo el Evangelio, el cual nos dice, por ejemplo: “Bienaventurados, cuando mintiendo, hablen mal de ustedes por mi causa. Alégrense y gocen porque grande será su recompensa en los Cielos”». [1] Pasquale Foresi – COLLOQUI, domande e risposte sulla spiritualità dell’unità, Città Nuova Editrice, Roma 2009, pag. 64.
28 Ago 2015 | Sin categorizar
La habitual cita este año reunirá durante dos semanas a los delegados de 36 regiones del mundo y a los responsables de 6 ciudadelas, para hacer un balance de la vida del Movimiento en los numerosos países donde está presente en el año transcurrido, y para definir y abrirse a nuevos desafíos en este año que comienza.
28 Ago 2015 | Palabra de vida, Sin categorizar
Esta es una de esas palabras del Evangelio que requieren ser vividas enseguida, en forma inmediata. Es tan clara, límpida ¡y exigente!, que no necesita muchos comentarios. Sin embargo, para captar la fuerza que encierra será útil situarla en su contexto. Jesús está respondiendo a un escriba –un estudioso de la Biblia– que le preguntó cuál es el mandamiento más grande. Era una cuestión abierta, puesto que en las Sagradas Escrituras se habían identificado 613 preceptos que hay que observar. Uno de los grandes maestros que habían vivido unos años antes, Shammay, se había negado a indicar el mandamiento supremo. Sin embargo otros, como hará luego Jesús, se orientaban ya a poner en el centro el amor. Por ejemplo, el rabino Hillel afirmaba: «No hagas al prójimo lo que te resulta odioso a ti; ésta es toda la ley. El resto es sólo comentario»[1]. Jesús no sólo adopta la enseñanza sobre la centralidad del amor, sino que aúna en un único mandamiento el amor a Dios (Dt 6, 4) y el amor al prójimo (cf. Lv 19, 18). Y la respuesta que da al escriba que lo interpela dice así: «El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”. El segundo es éste: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay mandamiento mayor que estos». «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Esta segunda parte del único mandamiento es expresión de la primera parte, el amor a Dios. A Dios le importa tanto cualquier criatura suya que, para darle alegría, para demostrarle con hechos el amor que tenemos por Él, no hay modo mejor que ser la expresión de su amor para con todos. Igual que los padres se alegran cuando ven que sus hijos se llevan bien, se ayudan y están unidos, Dios –que es para nosotros como un padre y una madre– también se alegra cuando ve que amamos al prójimo como a nosotros mismos, contribuyendo así a la unidad de la familia humana. Ya los profetas llevaban siglos explicando al pueblo de Israel que Dios quiere amor, y no sacrificios ni holocaustos (cf. Os 6, 6). El propio Jesús se remite a su enseñanza cuando afirma: «Vayan, aprendan lo que significa “Misericordia quiero y no sacrificios”» (Mt 9, 13). Pues ¿cómo podemos amar a Dios, a quien no vemos, si no amamos al hermano, a quien vemos? (cf. 1 Jn 4, 20). Lo amamos, le servimos, lo honramos en la medida en que amamos, servimos y honramos a cada persona, amiga o desconocida, de nuestro pueblo o de otros pueblos, sobre todo a los «pequeños», a los más necesitados. Es una invitación que dirige a los cristianos de todos los tiempos para transformar el culto en vida, salir de las iglesias –donde hemos adorado, amado y alabado a Dios– e ir hacia los demás, y así poner en práctica lo que hemos aprendido en la oración y en la comunión con Dios. «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». ¿Cómo vivir entonces este mandamiento del Señor? Recordemos ante todo que forma parte de un binomio inseparable que incluye el amor a Dios. Hace falta dedicar tiempo a conocer lo que es el amor y cómo hay que amar, y para ello hay que favorecer momentos de oración, de «contemplación», de diálogo con Él: lo aprendemos de Dios, que es Amor. No le robamos tiempo al prójimo cuando estamos con Dios; al contrario, nos preparamos para amar de un modo cada vez más generoso y apropiado. Al mismo tiempo, cuando volvemos a estar con Dios después de haber amado a los demás, nuestra oración es más auténtica, más verdadera, y se puebla de todas las personas con las que hemos estado y que llevamos de nuevo a Él. Además, para amar al prójimo como a uno mismo hay que conocerlo como se conoce uno a sí mismo. Deberíamos llegar a amar como el otro quiere que lo amen, y no como a mí me gustaría amarlo. Ahora que nuestras sociedades son cada vez más multiculturales debido a la presencia de personas procedentes de mundos muy distintos, el desafío es aún más grande. Quien va a un país nuevo debe conocer sus tradiciones y sus valores; sólo así puede entender y amar a sus ciudadanos. Y lo mismo quien recibe a nuevos inmigrantes, en muchos casos desorientados, que se enfrentan a un nuevo idioma, a los problemas de inserción. La diversidad está presente dentro de la familia misma, en el trabajo o en la comunidad de vecinos, aunque estén formados por personas de la misma cultura. ¿Acaso no nos gustaría encontrarnos con alguien dispuesto a dedicar su tiempo a escucharnos, a ayudarnos a preparar un examen, a encontrar un puesto de trabajo, a reformar la casa? Pues quizá el otro tenga necesidades similares. Hay que saber intuirlas, prestarle atención, escucharlo sinceramente, ponernos en su lugar. También cuenta la calidad del amor. En su célebre himno a la caridad, el apóstol Pablo enumera algunas de sus características que no vendrá mal recordar: es paciente, quiere el bien del otro, no es envidioso, no adopta aires de superioridad, considera al otro más importante que a sí mismo, no falta al respeto, no busca su propio interés, no se irrita, no recuerda el mal recibido, todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta (cf. 1 Co 13, 4-7). ¡Cuántas ocasiones y cuántos matices para vivir!: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» Y por último podemos recordar que esta norma de la existencia humana sustenta la famosa «regla de oro», que encontramos en todas las religiones y el pensamiento de los grandes maestros de la cultura «laica». Hindúes y musulmanes, budistas y creyentes de religiones tradicionales, cristianos y hombres y mujeres de buena voluntad podríamos buscar en los orígenes de nuestra tradición cultural o de nuestro credo religioso análogas invitaciones a amar al prójimo y ayudarnos a vivirlas juntos. Debemos trabajar juntos para crear una nueva mentalidad que valore al otro, que inculque el respeto a la persona, proteja a las minorías, atienda a los sujetos más débiles, que no centre la atención en los intereses propios sino que ponga en el primer lugar los del otro. Si todos fuésemos de verdad conscientes de que tenemos que amar al prójimo como a nosotros mismos hasta no hacer al otro lo que no quisiéramos que nos hiciesen a nosotros y que deberíamos hacer al otro lo que quisiéramos que el otro nos hiciese, cesarían las guerras, se acabaría la corrupción, la fraternidad universal ya no sería una utopía y la civilización del amor pronto se haría realidad.
Fabio Ciardi
[1] Talmud de Babilonia, Shabat 31a.
24 Ago 2015 | Sin categorizar
Miles de personas “se encuentran” con las esculturas del artista de Abruzo (Italia), quien desde hace ya muchos años recicla material del deshecho y lo usa en sus creaciones, poniéndose así en sintonía con la “Laudato sí” del papa Francisco.
Pero Roberto Cipollone, cuyo nombre artístico es Ciro, además de acoger a los visitantes crea auténticos talleres para grandes y pequeños con el fin de transmitirles una nueva forma de ver y sentir el mundo, entrando en contacto con la materia que trabajan y modelan juntos: “es una forma de ver límpida y sencilla, en contacto con una belleza sin oropeles”, afirma el artista con ese estilo típico suyo. En Loppiano, además de la ‘Bottega’ que es su taller creativo, hay una exposición permanente que es obra de Sergio Pandolfi. Además durante todo el mes de agosto Ciro está exponiendo en el monasterio de Camaldoli: unas cuarenta obras, en su mayoría sobre temas sacros. La exposición se montó en una pequeña iglesia románica, dentro del monasterio que está dedicada al Espíritu Santo. “Estas obras y el románico combinan muy bien, traje obras en piedra arenisca y en madera, a las que la esencialidad de la arquitectura románica les permite ‘vivir”.

La exposición de Ciro en Camaldoli
Son muchos los visitantes del Monasterio de Camaldoli que, en el silencio del monasterio y de la naturaleza que lo rodea, pueden de cierta forma no sólo admirar y deleitarse con las obras, sino incluso rezar. Pero no todo termina aquí. Este verano 2015 Ciro preparó la escenografía para un espectáculo teatral que se presentará en Perugia en el extraordinario marco de la Rocca Paulina. El espectáculo –que narra un conocido acontecimiento de la Perugia del XVII siglo- se presentará del 21 de agosto al 13 de septiembre durante los fines de semana. Galería fotográfica
23 Ago 2015 | Sin categorizar
«Si está fuera de la acción centrífuga del amor, el hombre por encima de todas las cosas busca la distinción. Y en la misma religiosidad encuentra miles de razones para separarse, anulando, de esta forma, la libertad de movimiento, restaurada por Jesús, cuando derribó las paredes de la división e hizo que no existiera ni judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, sino que todos somos uno en Dios. […] Aquí está el objetivo del amor, el objetivo de la existencia: hacer de todos, uno. Hacer de todos, el Uno, que es Dios. Por el impulso de la caridad divina toda la existencia, toda la historia se convierte en una marcha de regreso hacia la unidad. Todo proviene de Dios; a Dios todo vuelve. Hacerse uno con el hermano, es desaparecer en él, de modo que entre Dios, el hermano y yo se establezca, mediante la supresión de mi yo, un paso directo, un descenso sin obstáculos, – del Uno al otro, de modo que en el hermano encuentro a Dios. El hermano me sirve de templo para encender en él la luz de Dios. Así, a Dios, lo encuentro en el sacramento del altar y también, por causa del amor, en la persona del hermano. El hermano rompe las barreras, y en la brecha deja pasar la vida: la vida que es Dios. El hermano se convierte en “ianua caeli”, en la puerta al Paraíso. Existen cristianos, que van a servir a los humildes, en los estratos sociales más bajos, no tanto para convertirlos, sino para convertirse ellos mismos. Dando amor bajo la forma de servicio (a los enfermos, a los desocupados, a los ancianos, a todos los descartados por la sociedad) encuentran a Cristo; y así reciben mucho más de lo que donan. Donan un pan, y encuentran al Padre. Se convierten los asistentes y se convierten también los asistidos. Se santifican a sí mismos y santifican a los prójimos. Es decir, se asciende hasta Dios, descendiendo a cualquier nivel humano, para servir, desde allí abajo, a todos los hombres, en cualquier plano hayan sido colocados. Así es como el samaritano encontró a Dios, descendiendo del caballo y recogiendo al hermano que se desangraba en la tierra ardiente; mientras que el sacerdote judío, que no miraba al desafortunado que estaba en el suelo porque miraba a Dios que estaba en el cielo, no encontró ni a Dios ni al hermano. No encontró a Dios porque no se dirigió hacía su hermano. Es éste el modo de actuar del Padre, que proclama su gloria en lo más alto de los cielos mandando al Hijo para que nazca en el más miserable de los albergues: un establo. Estableció así una línea directa entre las estrellas y los establos, por el hilo divino del amor. Así, los últimos serán los primeros. Es un vuelco de todas las cosas. O sea, el modo de calcular es el de Dios, que cuenta comenzando desde abajo, mientras que nosotros contamos comenzando desde arriba. Y el que es primero para nosotros se convierte en el último para Él, y viceversa, por lo tanto, la riqueza, el poder, la gloria, que para nosotros están arriba para Él están abajo. Son cero. Con este metro se miden exactamente los hombres y las cosas». (Extraído de Igino Giordani, El hermano, Cittá Nuova, Roma 2011, pág. 78-80)