8 Jul 2015 | Sin categorizar

Cochabamba
«Francisco llega a Bolivia en un momento histórico muy interesante. El gobierno boliviano ha lanzado varias veces un desafío al modelo actual de desarrollo que está muy de la mano con una visión capitalista de la economía y liberal de la política». Así comienza Néstor Ariñez, de Cochabamba, que comparte la experiencia del Movimiento de los Focolares y vive en la Casa de los Niños, un proyecto social animado por la espiritualidad de la unidad. No podrá estar junto al Papa, pero en esta visita lee algunos pasos importantes a partir de la historia de su familia. «Muchos movimientos indígenas han denunciado acumulación y uso discrecional de la naturaleza, desde diferentes lugares del planeta y con distintos argumentos. Francisco llega a nuestro país poco después de haberse publicado su segunda encíclica, sobre el cuidado de la casa común, en la que no sólo denuncia el uso abusivo del hombre sobre la naturaleza sino que invita a todos los seres humanos a alcanzar su plenitud por medio del respeto del lugar donde habitan. Parece haber aquí una fuerte coincidencia que tiene que ver con buscar otra manera de desarrollo, que no pase ni por la acumulación, que supone injusticia, ni por la explotación de la madre tierra. En Santa Cruz Francisco visitará la cárcel de Palmasola. Sólo pensar en ese lugar me provoca nervios y temor. Nuestros sistemas judicial, policial y carcelario, están profundamente corrompidos. Mucha gente inocente está en las cárceles, otros están allí por varios años aunque su sentencia aún no haya sido emitida. Al interior de las cárceles la violencia y la corrupción campean. En Bolivia quien entra a la cárcel sale mucho más maleado que rehabilitado. En la cárcel viven familias enteras, cientos de niños viven allí con sus padres presos, ¿Qué podríamos esperar de ellos? Las condiciones son infrahumanas porque las cárceles están hacinadas… Visitar la cárcel no es un acto de popularidad para Francisco. Es una llamada de atención simbólica para que Bolivia y todos los países latinoamericanos revisemos nuestros sistemas de justicia y nuestros sistemas carcelarios; pero no una llamada de atención cualquiera, sino más bien un anuncio de esperanza, “hagámoslo porque eso es construir el reino de Dios.”
La parada que hará Francisco en la autopista de La Paz para hacerle el homenaje a Luis Espinal, contiene para mí un significado muy particular. Para empezar, yo viví mi infancia en Achachicala, allí donde miembros de una dictadura militar torturaron y mataron a Lucho. El frío y la pobreza eran los denominadores comunes en ese barrio, aunque se sentía menos hambre con el calor de los amigos. Allí aprendí la solidaridad, el valor de la amistad, la entrega de las madres por el bien de sus hijos… allí aprendí también que la pobreza no viene sola, siempre está acompañada de violencia, ignorancia, alcohol, y otras viejas brujas. Mi padre fue dirigente de los fabriles en la época del gobierno militar García Meza y por la bendición de Dios no estaba en la casa cuando los paramilitares fueron a buscarlo. La generación de mi padre, que es la de Lucho Espinal, creyó en una Bolivia distinta, en un país de libertades, ellos soñaron mejores oportunidades para nosotros, sus hijos, y por ello entregaron sus vidas. Francisco hará un homenaje no solo a Lucho, sino también a todos esos constructores de libertad. Pero también nos llamará a seguir soñando el futuro de nuestros hijos, a dejarles un país cada vez mejor, a jugarnos la vida por la libertad y la justicia que son preludios del Reino. La participación de Francisco en el encuentro de Movimientos Sociales, también me parece profética, como toda su visita. Los movimientos sociales son por definición asistémicos, es decir, que no están de la mano con partidos políticos y ni siquiera tienen alternativas claras para construir una nueva sociedad. Los movimientos sociales son contestatarios porque sus integrantes están viviendo las injusticias del sistema, por ello su lema es “Otro mundo es posible”. Creo que Francisco les dará el mensaje de no venderse a los colores políticos y de seguir trabajando por ellos mismos y sus familias y por las familias del mundo que sufren injusticia. Que sigan soñando un mundo mejor para todos, un mundo en el que se respeten todas las creencias, en el que el diálogo sea el signo de la paz, que vayan proponiendo alternativas de desarrollo, que recuperen los conocimientos ancestrales válidos en un mundo tecnificado. Creo que es el momento en el que Francisco levantará la bandera de la interculturalidad para construir la unidad, en Bolivia y en todo el continente. Finalmente, y no menos importante, me parece el encuentro con los obispos y con los religiosos. Creo que será una especie de envíopara que religiosos y religiosas y todos los evangelizadores transmitan la alegría del evangelio, trabajando en un contexto que exige a gritos justicia y libertad».
4 Jul 2015 | Sin categorizar
«El mundo moderno, con su laicismo, se ha alejado de Dios porque […] no se le dijo suficientemente que él era Dios, que había sido divinizado y que no era sólo un dependiente de un ser extraño y lejano, sino que misteriosamente es otro pequeño Dios, porque participaba de la naturaleza divina a través de la vida de Jesús, de modo especial a través de la Eucaristía. Cuando reflexiono sobre algunas páginas de Marx, en las cuales niega el valor de la religión porque dice que ésta aliena al hombre y lo convierte en un ser extraño a sí mismo, precisamente porque lo hace depender de algo que está fuera de él: pienso que Marx no habría tenido nunca esos pensamientos si hubiese sabido que el hombre encuentra allí su divinización y por lo tanto su autonomía, entendida en sentido trinitario […]. Lo mismo se puede también decir de Hegel, de quien Marx fue discípulo; lo mismo se puede decir de todos los inmanentistas, de todos los que negaron a Dios para poner en relieve al hombre, inclusive Sartre, Camus, y hasta los últimos. Es Sartre quien afirma: «No puede existir Dios, porque, en ese caso, no existiría yo», porque me aplastaría. Sin embargo esto no es posible porque ese Dios, que se hizo hombre, te hizo Dios, te ha hecho partícipe de la naturaleza divina […] Todos los días constatamos que no existe ningún problema de la humanidad que se pueda resolver individualmente, ni tampoco como grupo particular o como grupo nacional. Los problemas se deben resolver de forma colegiada, dando vida a la unidad que Jesús nos trajo. Y nosotros sabemos que raramente se puede crear esta unidad si no hay una vida espiritual. En síntesis, no se crea una comunidad de cuerpos, se crea una comunión de personas. Y estas personas, si no están alimentadas por algo que las unifique, no lograrán nunca la unidad. Esto que las unifica, remotamente, podría ser la ciencia, podría ser el trabajo de investigación que el hombre realiza. Pero lo que crea la unidad por excelencia es el Hombre por excelencia, es decir Jesús, es Él quien nos hace hombres y nos convierte en comunidad. […] La Eucaristía, es por un lado, un grandísimo misterio. Por el otro, es un banquete, es decir un centro de fraternidad humana natural. […] La Eucaristía es el alma; debe convertirse en el alma de esta socialidad». Extraído de: Luz que se encarna, comentario a los doce puntos de la espiritualidad, Pascual Foresi, Cittá Nuova 2014, pp. 107-109
30 Jun 2015 | Sin categorizar

Foto CSC Media
Para el último saludo a Pascual Foresi llegaron realmente muchas personas a Rocca di Papa (Roma). Algunas provenían de otros países de Europa. Para no hablar de las innumerables entradas a la conexión en streaming. Es un testimonio de la estima y del reconocimiento hacia esta importante figura de los Focolares. El Padre Foresi contribuyó mucho al desarrollo del Movimiento, desde que Chiara Lubich, en los inicios, quiso que estuviera junto a ella y lo consideró cofundador, junto con Igino Giordani. Ahora los tres –Lubich, Giordani, Foresi- reposan en la pequeña capilla del Centro Internacional, signo visible de una triada que, ahora reunida en el cielo, sigue sosteniendo a cuantos en el mundo están comprometidos en el camino de la unidad que surge del carisma de Chiara. Pascual nace en Livorno en 1929. Con sólo catorce años, para ofrecer un servicio a Italia, como escribió, escapa durante la noche para unirse a los grupos de la Resistencia que luchan por una nueva Italia. Es en ese período que se abre camino en su mente la idea del sacerdocio. De regreso a su casa, entra en el seminario diocesano de Pistoia (donde se había trasladado su familia) y después al Colegio Capranica de Roma para frecuentar la Universidad Gregoriana. Pero esa vida no parece satisfacerlo plenamente. 
Foto CSC Media
Mientras tanto, Palmiro, su papá, diputado del Parlamento italiano, conoce a Igino Giordani quien a su vez le presenta a Chiara Lubich. Profundamente impresionado por la radicalidad evangélica de esa chica trentina, el diputado Foresi quiere hacer que se encuentre con su hijo quien estaba en búsqueda de un cristianismo auténtico. La invitan a encontrarse con la élite católica del lugar. No pudiendo ir personalmente, Chiara manda a Graziella De Luca, una de sus primeras compañeras, quien por una equivocación llega al día siguiente de lo establecido. En la casa, la recibe Pascual, quien no estaba para nada interesado en conocerla, pero por pura cortesía se ofrece a acompañarla donde un sacerdote que iba a estar en el encuentro que se había programado para el día anterior, Durante el trayecto, siempre para no ser descortés, le dirige alguna pregunta sobre su experiencia espiritual y queda profundamente impresionado, a tal punto, que pide conocer a Chiara. En la Navidad de 1949, Pascual transcurre algunos días en Trento. El encuentro con Chiara es una experiencia realmente fulgurante para él, y decide ir a vivir al primer Focolar masculino de Roma. Allí encuentra la confirmación de su vocación al Focolar –que como él mismo dijo: «no era entrar en un instituto religioso más bello y más santo que los otros, sino era entrar en una revolución cristiana religiosa y civil que renovaría a la Iglesia y a la humanidad». Chiara descubre en Pascual una característica especial y le pide que comparta con ella la guía del Movimiento. 
Foto CSC Media
En su entrega a Dios en el Focolar, Pascual encuentra la forma de saciar su sed de radicalidad y siente que vuelve a florecer su llamado al sacerdocio. Su tarea se hace más específica. Por su profundo conocimiento de la Teología, Pascual Foresi puede reconocer todo el alcance teológico y doctrinal contenido en las intuiciones de Chiara y se convierte en un interlocutor calificado en la relación con la Iglesia, sobre todo, en el período que el naciente Movimiento estuvo bajo el estudio del Santo Oficio. Pero la función del Padre Foresi de más peso fue la de la “encarnación”, es decir, ayudó a Chiara a concretar en obras el Carisma de la Unidad que había sido puesto en ella: la ciudadela de testimonio de Loppiano, cerca de Florencia, el grupo editorial Città Nuova, y el Instituto Universitario Sophia surgido en Loppiano en el 2007. «En un momento dado –cuenta él mismo- tuve la impresión de que me había equivocado en todo lo que había hecho en mi vida y especialmente en esas cosas positivas que había contribuido a hacer, porque eran mías y no de Dios». Se trata de una prueba espiritual, que Dios permite en los grandes de espíritu para una profunda purificación y un desapego de todo lo que no es Él. Y es precisamente durante esta prueba espiritual, que parece comprometer incluso su bienestar físico, que alcanzan un mayor cumplimiento las innumerables obras que Chiara vio realizarse junto al Padre Foresi, quien estaba junto a ella como copresidente. Sus libros Teología de la socialidad y Conversaciones con los focolarinos, han sido una fuente de inspiración también para otros escritores del Movimiento. Después de la muerte de Chiara fue determinante el sereno aporte del Padre Foresi durante la Asamblea General convocada para elegir a la presidente que por primera vez tenía que suceder a la fundadora. ¡Gracias, Padre Foresi!
28 Jun 2015 | Palabra de vida, Sin categorizar
«Con estas palabras concluyen los discursos de adiós que Jesús dirige a sus discípulos en su última cena antes de ser entregado a manos de quienes le iban a dar muerte. Es un diálogo denso, en el que revela la realidad más profunda de su relación con el Padre y de la misión que Él le ha encomendado. Jesús está a punto de dejar la tierra y volver al Padre, y sus discípulos se quedarán en el mundo para continuar su obra. También ellos, como Él, serán odiados, perseguidos, hasta les darán muerte (cf. 15, 18.20; 16, 2). Su misión será difícil, como lo ha sido la de Jesús. Él sabe bien las dificultades y las pruebas que tendrán que afrontar sus amigos: «En el mundo tendrán luchas», les acaba de decir (16, 33). Jesús se dirige a sus apóstoles, reunidos en torno a Él para esa última cena, pero tiene delante de sí a todas las generaciones de discípulos que lo seguirán a lo largo de los siglos, incluidos nosotros. Es verdad. Aun en medio de las alegrías que encontramos en nuestro camino, no faltan las «luchas»: la incertidumbre del futuro, la precariedad del trabajo, la pobreza y las enfermedades, los sufrimientos que propician las catástrofes y las guerras, la violencia, tan extendida dentro de nuestras fronteras como entre naciones. Luego están las tribulaciones que acarrea el ser cristianos: la lucha cotidiana por mantenerse coherentes con el Evangelio, el sentimiento de impotencia ante una sociedad que parece indiferente al mensaje de Dios, la burla o el desprecio, cuando no la persecución explícita de quien no comprende o se opone a la Iglesia. Jesús conoce las tribulaciones porque las ha vivido en primera persona, pero dice: «No teman: yo he vencido al mundo». Esta afirmación, tan decidida y convencida, parece una contradicción. ¿Cómo puede afirmar Jesús que ha vencido al mundo cuando unos momentos después de haber pronunciado estas palabras será prendido, flagelado, condenado y asesinado del modo más cruel y humillante? Más que haber vencido, parece haber sido traicionado, rechazado, reducido a la nada, y por tanto derrotado, clamorosamente. ¿En qué consiste su victoria? Ciertamente, en la resurrección: la muerte no puede prolongar su poder sobre Él. Su victoria es tan potente que nos hace partícipes de ella también a nosotros: se hace presente entre nosotros y nos lleva consigo a la vida plena, a la nueva creación. Pero antes de eso, su victoria ha sido el acto mismo del «amor más grande» con el que ha dado su vida por nosotros. Aquí, en la derrota, Él triunfa plenamente. Penetrando en los recovecos de la muerte, nos ha liberado de todo lo que nos oprime y ha transformado todo lo negativo que tenemos, toda nuestra oscuridad y nuestro dolor, en un encuentro con Él, Dios, Amor, plenitud. Cada vez que pensaba en la victoria de Jesús, Pablo parecía enloquecer de alegría. Si Él, tal como afirmaba, afrontó toda adversidad –incluso la suprema adversidad de la muerte– y venció, también nosotros, con Él y en Él, podemos vencer cualquier dificultad; es más, gracias a su amor, «salimos victoriosos»: «Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida […] ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor» (Rm 8, 38; cf. 1 Co 15, 57). Entonces se comprende la invitación de Jesús a no tener ya miedo a nada: «No teman: yo he vencido al mundo». Esta palabra de Jesús, que mantendremos viva durante todo el mes, podrá infundirnos confianza y esperanza. Por muy duras y difíciles que puedan ser las circunstancias en que nos encontremos, tengamos la certeza de que Jesús ya las ha hecho suyas y las ha superado. Aunque nosotros no tengamos su fuerza interior, lo tenemos a Él, que vive y lucha con nosotros. «Si tú has vencido al mundo –podremos decirle cuando nos sintamos derrotados por las dificultades, las pruebas y las tentaciones–, sabrás vencer también esta “tribulación” mía. A mí, a mi familia, a mis compañeros de trabajo nos parece un obstáculo insuperable lo que está sucediendo, nos parece que no somos capaces, pero contigo entre nosotros encontraremos el valor y la fuerza para afrontar esta adversidad, hasta poder “salir victoriosos”». No se trata de tener una visión triunfalista de la vida cristiana, como si todo fuese fácil y estuviese ya resuelto. Jesús sale victorioso precisamente en el momento en que vive el drama del sufrimiento, de la injusticia, del abandono y de la muerte. Su victoria es fruto de afrontar el dolor por amor, de creer en la vida después de la muerte. Habrá veces en que también nosotros, como Jesús y como los mártires, tendremos que esperar al Cielo para ver la victoria plena del bien sobre el mal. Con frecuencia nos da miedo hablar del Paraíso, como si pensar en él fuese una droga para no afrontar con ánimo las dificultades, una anestesia para mitigar el sufrimiento, un pretexto para no luchar contra las injusticias. Pero la esperanza del Cielo y la fe en la resurrección son más bien un impulso potente para afrontar cualquier adversidad, sostener a los demás en las pruebas, creer que la última palabra la tiene el amor que vence al odio, la vida que derrota a la muerte. Así pues, cada vez que nos tropecemos con cualquier dificultad –personal, de quienes tenemos cerca o de alguien que hayamos conocido en algún lugar del mundo–, renovemos la confianza en Jesús, presente en nosotros y entre nosotros, que ha vencido al mundo, que nos hace partícipes de su misma victoria, que nos abre de par en par el Paraíso, donde ha ido a prepararnos un sitio. De este modo tendremos el valor para afrontar cualquier prueba. Todo lo podremos superar en Aquel que nos da la fuerza».
Fabio Ciardi
27 Jun 2015 | Sin categorizar
«La revista francesa “Paris Match” ha publicado un largo artículo sobre un documento importantísimo que puede desvelarnos algo de Aquél a quien amamos. Lo he leído deprisa, pero me ha impresionado. Durante este año – por deseo de los gen – he tratado de hablar de un solo argumento: Jesús crucificado y abandonado. Queremos conocer ese misterio, queremos desentrañarlo. Queremos ver, saber y comprender, en la medida de los posible, lo que puede ser considerado el vértice de la pasión de Jesús. “Paris Match” refería un estudio realizado acerca del sudario – la Síndone – que envolvió el cuerpo de Jesús cuando fue sepultado. Se conserva en Turín. Los estudios realizados sobre este extraordinario trozo de tejido hacen pensar que sea verdaderamente auténtico. El mismo revela algo, mejor dicho, mucho, de Cristo cuando vivía su agonía elevado allá arriba entre la tierra y el cielo. Hoy querría hablarlos de este Jesús Hombre. Me interesa muchísimo, porque en aquellas carnes vivía esa Alma que atravesó la terrible oscuridad del abandono. El sudario, como dice “Paris Match”, es en sí mismo un reportaje: de hecho muestra impresos muchos signos del cuerpo santo de Cristo. Dice que Jesús era un hombre fuerte y trabajador: la musculatura de la espalda y del brazo derecho y las manos lo demuestran. La musculatura de las piernas dice que era un caminador: y nosotros por el Evangelio sabemos algunas de estas cosas. Fue terrible su flagelación: más de cien golpes dados con un preciso orden. Clavados sus pies, todo su cuerpo estaba privado de cualquier apoyo y caía hacia delante, sujeto solamente por los clavos de las manos. La corona de espinas no fue como siempre la imaginamos. La presencia de grandes agujeros en la cabeza dice que le hincaron en la cabeza un casco entero de espinas. El rostro, con un ojo tumefacto, no estaría tan ensangrentado como el resto del cuerpo, lo cual confirmaría el episodio de la Verónica que conocemos por tradición. Una rodilla está lesionada por una fuerte caída. Sangre de todas partes. Una espada atravesó su corazón, entrando por la parte baja del tórax… Dolor, dolor, dolor indescriptible, inconcebible. Así por tres largas, eternas horas, sin descanso, sin perder la conciencia nunca. He comprendido que nadie en el mundo puede decir que ha sufrido como Él; y que Él puede decir algo más, siempre, a cualquier persona del mundo visitada por algún sufrimiento. Un joven coreano, hace unos días, me preguntó: « ¿Por qué sufrió Jesús?». Había que reajustar una fractura entre Dios y el hombre. Sólo un precio como el suyo habría podido repararla. Hoy parece que hayan decaído los tiempos en los que los cristianos meditan los dolores de Jesús y siguen paso a paso su subida al Calvario. Sin duda han ido cayendo en desuso algunas prácticas oxidadas por el tiempo y vaciadas de significado, al no ser ya expresión de amor verdadero. «Mujeres, ¿por qué lloráis por mí? No lloréis por mí, sino por vosotras mismas» (Lc 23, 28), ha repetido Jesús hoy a ciertos cristianos que no comprenden sino la superficie de las cosas y tienen en sí una piedad petrificada o casi, sólo sentimental. Es necesario comprender dos cosas antes de penetrar en el misterioso dolor de nuestro Amigo crucificado, vivo entre los vivos, por todos los siglos. Y es que Él ha soportado todo por amor. Y que nosotros debemos responder a su amor con nuestro amor. ¿Cómo? Debemos hace de todo dolor físico, pequeño o grande, que nos afecte, un don a Él, para continuar, también en nosotros, veinte siglos después, su Pasión para la salvación del mundo. Él, en efecto nos ha advertido: «Si alguno quiere venir en pos de mí… tome su cruz y me siga» (Mt 16, 24; Mc 8, 34; Lc 9, 23)». Chiara Lubich
De “Gen”, junio 1970: editorial
Centro Chiara Lubich
26 Jun 2015 | Sin categorizar

Luigino Bruni
«Sobre nuestro sistema capitalista se cierne una enorme demanda de justicia, que se eleva desde las víctimas y los excluidos. Una demanda que ya no se ve ni se oye y por eso es especialmente grave. El Papa Francisco es hoy la única autoridad moral global capaz, antes que nada, de ver y oír esta gran demanda ética sobre el mundo (esto depende de su propio carisma) para, después, plantear preguntas radicales (esto nace de su ágape). No hay ninguna “agencia” mundial tan libre como él de los poderes fuertes de la economía y la política. Por desgracia, ni la ONU ni la Comisión Europea ni, mucho menos, los políticos nacionales demuestran tener una libertad semejante, hasta el punto de que siguen «vendiendo al pobre por un par de sandalias» (Amós). Véase lo que está ocurriendo en Italia con la nueva regulación de los juegos de azar. Algunos comentaristas, sedicentes amantes del libre mercado, han escrito que la encíclica Laudato si’ va contra el mercado y contra la libertad económica; que es una expresión del anti-modernismo e incluso marxismo de este Papa «venido casi del fin del mundo». En la encíclica no hay nada de eso, todo lo contrario. Francisco nos recuerda que el mercado y la empresa son valiosos aliados del bien común mientras no se conviertan en ideología, mientras la parte (el mercado) no se convierta en el todo (la vida). El mercado es una dimensión de la vida social esencial para todo bien común (son muchas las palabras de la encíclica que elogian a los empresarios responsables y a las tecnologías puestas al servicio de un mercado que incluye y crea trabajo). Pero esta dimensión no es la única, ni siquiera la primera.
El Papa, en primer lugar, le recuerda al mercado su vocación de reciprocidad y de «mutuo provecho». En base a esto, critica a las empresas que depredan a las personas y a la tierra (y lo hacen a menudo), porque con ello niegan la naturaleza misma del mercado, enriqueciéndose gracias al empobrecimiento de la parte más débil. En un segundo nivel, Francisco nos recuerda algo fundamental que hoy se olvida sistemáticamente. La tan cacareada «eficiencia», palabra clave de la nueva ideología global, no es nunca un asunto meramente técnico y por tanto éticamente neutral (34). El cálculo coste-beneficio, que se encuentra en la base de todas las elecciones “racionales” de las empresas y las administraciones públicas, depende claramente de qué se consideren costes y de qué se consideren beneficios. Durante décadas hemos pensado que eran eficientes las empresas que no incluían entre sus costes el daño que causaban a los mares, a los ríos o a la atmósfera. Pero el Papa nos invita a ampliar el cálculo a todas las especies, incluyéndolas en una fraternidad cósmica, extendiendo la reciprocidad también a los seres vivos no humanos, dándoles voz en nuestros balances económicos y políticos. Pero hay todavía un tercer nivel. Aunque se reconozca el «mutuo provecho» como ley fundamental del mercado civil e incluso se extienda a la relación con otras especies vivas y con la tierra, el «mutuo provecho» no puede y no debe ser la única ley de la vida. Es importante, pero no la única. También existe lo que el economista y filósofo indio Amartya Sen llama «obligaciones de poder». Debemos actuar responsablemente con la creación porque hoy la técnica ha puesto en nuestras manos un poder que nos permite originar unilateralmente consecuencias muy graves para otros seres vivos con los que estamos vinculados. Todo en el universo está vivo, y todo nos llama a la responsabilidad. Tenemos obligaciones morales que no nos generan ningún provecho. El «mutuo provecho» del buen mercado no es suficiente para cubrir todo el espectro de la responsabilidad y de la justicia. Incluso el mejor mercado, si se convierte en el único criterio, se transforma en un monstruo. No hay ninguna lógica económica que nos impulse a dejar bosques en herencia a los que vivirán dentro de mil años, y sin embargo tenemos obligaciones morales para con esos futuros habitantes de la tierra. Otra cuestión muy importante es la de la «deuda ecológica» (51), que representa uno de los puntos más elevados y proféticos de la encíclica. La despiadada lógica de la deuda de los estados domina la tierra, pone de rodillas a pueblos enteros (como en el caso de Grecia) y a muchos otros los tiene bajo chantaje. En el mundo, se ejerce mucho poder en nombre de la deuda y el crédito. Pero también existe una gran «deuda ecológica» del Norte del mundo con respecto al Sur. Un 10% de la humanidad ha construido su propio bienestar descargando los costes en la atmósfera de todos, y sigue produciendo “cambios climáticos «. La expresión “cambios” despista, porque es éticamente neutral. El Papa, en cambio, habla de «contaminación» y de deterioro de ese bien común llamado clima (23). El deterioro del clima contribuye a la desertificación de regiones enteras, que influye decisivamente en la miseria, la muerte y la migración de los pueblos (25). Esta inmensa «deuda ecológica» y de justicia global no la tenemos en cuenta cuando cerramos nuestras fronteras a los que vienen hasta nosotros porque estamos quemando su casa. Esta deuda ecológica no tiene ningún peso en el orden político mundial. Ninguna Troika condena a un país porque haya contaminado o desertificado otro país, y así la «deuda ecológica» sigue creciendo ante la indiferencia de los grandes y poderosos. Termino con un consejo para aquellos que todavía no hayan leído esta maravillosa encíclica. No empiecen a leerla en su estudio o sentados en el sofá. Salgan de casa, vayan a un prado o a un bosque y empiecen allí a meditar el cántico del Papa Francisco. La tierra de la que nos habla es una tierra real, que se puede tocar, sentir, oler, ver y amar. Y terminen después la lectura en alguna periferia real, entre los pobres. Vean el mundo de los ricos epulones desde los lázaros y abracen al menos a uno de ellos, como Francisco. En estos lugares podremos aprender de nuevo a «sorprendernos» (11) por las maravillas de la tierra y de los hombres, y así tal vez podamos comprender y rezar Laudato si’». de Luigino Bruni publicado en Avvenire el 24/06/2015