(…) No es un sueño, ni una utopía, ni un deseo apasionado, sino una certeza repetidamente atestiguada por Dios en la Biblia. Será la respuesta que Dios dé a las fatigas con las que sus hijos han trabajado por su Reino. Será la coronación de la fidelidad con la que sus hijos han vivido su Palabra. Será el despliegue completo de la potencia del Espíritu Santo, que Jesús ha introducido en la historia con su muerte y resurrección.
Sin embargo, desde que Jesús vino a la tierra, esta renovación, aunque sea en medio de tantas dificultades, ya ha empezado, ya está en acción. Desde ahora todos los que lo dejan vivir en sí mismos -y Jesús vive en nosotros si ponemos en práctica su Palabra- experimentan este milagro de su gracia, que hace nuevas todas las cosas: transforma el sufrimiento en paz y serenidad interior, vence la debilidad, el odio, el egoísmo, la soberbia, la avaricia y cualquier mal; hace pasar de la esclavitud de las pasiones y del miedo a la gozosa libertad de los hijos de Dios. Y no se limita a transformar al individuo, sino que transforma a través de él a toda la sociedad.
(…)
De hecho, Dios quiere renovar todas las cosas: nuestra vida personal, la amistad, el amor conyugal, la familias quiere renovar la vida social, el mundo del trabajo, de la educación, de la cultura, de la diversión, de la sanidad, de la economía, de la política…. en una palabra, todos los sectores de la actividad humana.
Pero para hacer esto, Él tiene necesidad de nosotros. Necesita personas que dejen vivir en ellas mismas su Palabra, que sean su Palabra viva, otros Jesús en sus ambientes. Y ya que la caridad es palabra que lo resume todo, plenitud de la Ley, tratemos de ponerla en práctica amando a los hermanos como a nosotros mismos, sin diluir la Palabra de Dios, sin menguarla.
Advertiremos una continua renovación antes que nada en nuestro corazón y muy pronto la descubriremos evidente en torno a nosotros.
Tengo 62 años, soy irlandés y vivo en Taiwán desde hace muchos años. Padezco fibrosis pulmonar desde hace un tiempo, así que cuando empecé a sentirme más cansado, pensé que solo era un empeoramiento. Fui al médico casi sin darle importancia. En cambio, me dijeron, sin rodeos y sin preparación: cáncer en etapa 4, ya extendido al otro pulmón y quizás a otras partes.
Mi primera reacción fue llamar a mi esposa. Ella y mi hija, que vive con nosotros en Taiwán, estaban sentadas junto al teléfono en silencio. Mi otra hija está en Irlanda. En ese momento, no temí por mí: mis pensamientos se dirigieron de inmediato a ellas, al peso que esta noticia les impondría. Y con ello, un profundo arrepentimiento por todas las veces que no las había amado lo suficiente, por las heridas dejadas en el camino. Parecía demasiado tarde para enmendar el daño.
Un día, un sacerdote vino a celebrar misa en nuestra casa. Conozco el Movimiento de los Focolares desde los once años, y siempre he vivido la ofrenda de mí mismo a Dios durante la consagración. Pero esa vez entendí algo nuevo: podía poner en el cáliz, junto conmigo, a todas las personas a las que había hecho daño. Podía encomendárselas a Jesús para que sanara lo que yo ya no podía reparar. Fue un inmenso alivio. Desde entonces, una gran serenidad me acompaña.
Hace ocho años, a mi esposa le diagnosticaron cáncer de mama. Ya hemos pasado por momentos difíciles. Entonces, como ahora, elegimos confiar en el amor del Padre. Cuando rezo el Padrenuestro y digo: “Hágase tu voluntad”, siento que toda mi vida está custodiada en el cielo. El futuro no me pertenece: está en manos de Dios. Solo tengo que decir que sí.
A menudo recuerdo Loppiano, en Italia, donde de joven sentí una poderosa llamada a seguir a Jesús. Con el tiempo, comprendí que era una invitación a reconocerlo sobre todo en el dolor, en ese rostro que el carisma llama “Jesús Abandonado”. Incluso cuando mi esposa estaba enferma, ante la cruz comprendí que no basta con quedarse allí mirando: debemos subir con Él, entrar en su abandono y dejarnos guiar hacia el Padre. La casa está allí.
Antes de mi diagnóstico, tenía una vida plena: enseñaba en la universidad, orientaba a estudiantes y jóvenes, apoyaba a familias y participaba en la vida del Movimiento. Ahora todo se ha reducido. Estoy de baja y rara vez salgo para evitar el contagio. Pero está sucediendo algo sorprendente: la gente me está contactando. Me escriben desde todos los continentes, rezan por mí. Jóvenes de Taiwán han creado un grupo para rezar juntos cada semana. Pensé que había sembrado poco; ahora veo que el amor está volviendo multiplicado.
Cuando hablo abiertamente de mi enfermedad, muchos encuentran el valor para abrir sus heridas. Mi debilidad se convierte en un espacio de comunión. Es como si, elevado en la cruz, Cristo atrajera corazones hacia sí. Esta enfermedad, que humanamente es una condena, se revela como una oportunidad de aceptación.
Hay dolores que se pueden compartir con todos, y otros que solo se pueden decir a Dios, en un diálogo profundo con Él. Sé que llegarán momentos en que ni siquiera tendré la fuerza para ofrecer mi dolor. Por eso me preparo así: repitiendo mi sí: “No se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22,42). Sé que no soy capaz de afrontar solo lo que viene. Pero también sé que no estaré solo.
En estos meses he aprendido que el amor no es propiedad de quienes conocen a Jesús o se llaman cristianos. En el hospital, los médicos y enfermeras que me atienden no comparten mi fe, pero aman con una delicadeza y un cuidado que me conmueven. He visto en sus gestos cotidianos — una llamada extra, una explicación paciente, una presencia discreta — que el amor es más grande que las etiquetas. Cuando miro el dolor con los ojos del amor, no se queda encerrado en el miedo: se transforma, convirtiéndose en un espacio de esperanza, algo misteriosamente positivo. Es como si cada acto de cuidado, incluso inconsciente, ya fuera un viaje hacia Dios, porque el amor, dondequiera que esté, siempre conduce a Él.
Y dentro de esta inmensa comunión — formada por familiares, amigos, estudiantes, jóvenes, médicos que aman sin quizá comprender del todo por qué — experimento que todo está custodiado en un plan para el bien. No tengo que controlarlo ni comprenderlo del todo: solo puedo habitarlo, día tras día, con gratitud.
En 2025, el Movimiento de los Focolares dio nuevos pasos para estructurar y hacer verificable el compromiso de protección de la persona, con especial atención a los menores y a los adultos en situación de vulnerabilidad. Se trabajó en tres direcciones:
consolidación de las normas;
fortalecimiento organizativo;
crecimiento formativo y cultural.
En el ámbito normativo, el Movimiento redactó y aprobó la Política para la Protección de las Personas en el Movimiento de los Focolares, que entró en vigor el 1º de enero de 2026. La Política recoge valores, responsabilidades y praxis, conecta protocolos y líneas guía, define normas de conducta, criterios para entornos seguros y una clara atención a las personas que han sufrido abusos, previendo la escucha, el acompañamiento y –en los casos establecidos– medidas de apoyo y reparación.
A nivel organizativo, el 2 de septiembre de 2025 se creó la Oficina para la Protección de la Persona, con la tarea de coordinar las actividades de protección, monitorear los compromisos y los plazos, supervisar las comunicaciones oficiales y apoyar a los responsables territoriales. Como soporte, cuenta con la Mesa de asesoramiento y acción, un organismo compuesto por expertos en los ámbitos de la formación, de la comunicación, del derecho, del acompañamiento a personas que han sufrido abusos. Su tarea consiste en evaluar la coherencia de las acciones emprendidas con los valores fundacionales del Movimiento de los Focolares, proponer orientaciones y planes estratégicos y favorecer la colaboración con expertos y redes externas, garantizando una actualización constante sobre las normativas vigente y las mejores prácticas en materia de protección.
Descargar el Informe 2025 haciendo click sobre la imagen
En diálogo con la Iglesia católica, en el bienio 2024-2025 se desarrolló una colaboración con la Comisión Pontificia para la Protección de Menores (CPPM). La Comisión examinó el Protocolo para la gestión de los casos de abuso y formuló varias observaciones; además, solicitó informaciones para incluir en su Informe anual de 2024 un análisis de las políticas del Movimiento. Las recomendaciones de la CPPM dieron lugar a un proceso de aplicación ya parcialmente completado (entre otras cosas, la publicación del Reglamento interno de la Comisión Central Independiente y la rendición de cuentas de los recursos ofrecidos) y, respecto a la parte restante, en fase de definición o desarrollo (integraciones que deben introducirse en los Estatutos Generales del Movimiento de los Focolares, herramientas informáticas y canales institucionales para la confidencialidad de los datos).
El compromiso con la formación para la protección integral de la persona se ilustró en un primer documento que ofrece una síntesis de los cursos y las intervenciones en el bienio 2024-2025. Los datos muestran el trabajo hecho para una difusión cada vez más capilar de la formación, el refuerzo de las comisiones y los referentes locales y, al mismo tiempo, ponen de relieve algunas cuestiones críticas sobre las que es necesario intervenir: la continuidad de la formación, la adaptación intercultural de los materiales y la mejora de los flujos de comunicación.
El conjunto de estas medidas —Política de Protección, Oficina para la Protección, colaboración con la CPPM, formación y transparencia en la rendición de cuentas— expresa la voluntad de proseguir con decisión por el camino de la prevención, de la responsabilidad compartida y la escucha de las personas que han sufrido abusos, en la convicción de que la protección es parte integrante de la misión del Movimiento y un servicio al bien común.
En esta perspectiva, las palabras que el Santo Padre dirigió a los participantes en la
conferencia «Construir comunidades que tutelen la dignidad» resuenan también para los
Focolares como una indicación a seguir:
«Aprecio, por tanto, y aliento su propósito de compartir experiencias y caminos de aprendizaje sobre cómo prevenir toda forma de abuso y sobre cómo rendir cuentas, con verdad y humildad, de los procesos de protección emprendidos. Los exhorto a llevar adelante este compromiso para que las comunidades se vuelvan cada vez más ejemplo de confianza y de diálogo, donde cada persona sea respetada, escuchada y valorada. Allí donde se vive la justicia con misericordia, la herida se transforma en una rendija de gracia»[1].
Stefania Tanesini
Entrevista a S. E. Mons. Alí Herrera, secretario de la Pontificia Comisión Tutela Minorum de la Iglesia Católica.
Cuarenta y cinco participantes de nueve países europeos se han encontrado del 30 de enero al 1 de febrero en la ciudadela ecuménica de los Focolares de Ottmaring, cerca de Munich, para reflexionar acerca de la necesidad de renovar una pasión por Europa y un diálogo capaz de unir. En el paisaje nevado de la ciudadela fundada por Chiara Lubich en 1968, conviven focolarinos y miembros de la Fraternidad de vida comunitaria que tiene sus orígenes en el mundo evangélico.
Jesús Morán, copresidente de los Focolares, dio comienzo al evento recordando que el motivo del Congreso Europeo es para pensar a la luz del carisma de la unidad, del que también ha nacido el Focolare Cultura Ottmaring –un grupo de focolarinos de varios países europeos que se dedican al diálogo entre las culturas–. «Sin embargo, no estamos reunidos –subrayó Morán– para elaborar un programa operativo, pues las acciones concretas ya existen, como la experiencia de Juntos por Europa, la formación de los jóvenes y de los políticos en Bruselas, o el diálogo con los políticos de izquierda, llamado Dialop. No necesitamos tampoco hacer una declaración de intenciones. Estamos aquí sobre todo para cultivar la pasión por Europa, convencidos de que el carisma de la unidad es un regalo para Europa, así como Europa lo es para el carisma». El corazón del método propuesto es la escucha recíproca: «Dar hospitalidad al Espíritu y los unos a los otros», dejar que el diálogo nazca de la relación.
Muchas reflexiones se refirieron a la fractura entre Europa occidental y oriental. Una frase, referida por Peter Forst y pronunciada por una joven del Este, resume la tensión que hoy atraviesa el continente: «Ya no nos queremos». De allí nace el interrogante: ¿Europa occidental escucha realmente la voz del Este? ¿Lee sus autores? ¿Comprende sus heridas?
Anja Lupfer insistió en el método de la escucha creativa. No hay que buscar respuestas inmediatas, sino dejar a un lado prejuicios para encontrarnos con el otro, «No buscamos el diálogo como objetivo –remarcó– buscamos al otro». Es una invitación a una comprensión no competitiva, capaz de descender «a los abismos del otro», superando la ilusión de un espacio cultural neutro. Incluso dentro de los Focolares surgen diferencias que exigen relatos compartidos y una confrontación más sincera.
Klemens Leutgöb recordó el entusiasmo de los años de la década de 1990, tras la caída del Muro de Berlín y advirtió que la fractura ha vuelto a aparecer. Para superarla hay que afrontar incluso los temas que dividen –desde la teoría de género al problema nuclear– sin evitarlos. La diversidad se vuelve recurso solamente cuando se la atraviesa juntos. Forst agregó un episodio: durante un viaje al Este europeo en 2023, muchos hablaban del pasado, acusando al Occidente de que habían erosionado valores como la familia y la fe. «El presente puede dividir –comentó– pero nuestro pacto de unidad tiene que ser más fuerte». «La evaluación de los eventos –concluyó– puede ser distinta, pero en la experiencia de Chiara Lubich, conocida como Paraíso ’49”, ella habla de una verdad que acoge las contradicciones en la unidad. Dice Chiara: “Cuando estamos unidos y él (Jesús) está presente, entonces ya no somos dos sino uno. De hecho, lo que yo digo no soy yo quien lo dice, sino yo, Jesús y tú en mí. Y cuando tú hablas no eres tú, sino tú, Jesús y yo en ti”».
Francisco Canzani recordó una pregunta recurrente: «Si tú me quieres, ¿por qué no conoces mi pena?». A menudo falta tiempo o coraje para escuchar en serio. El diálogo nace de la vida concreta, no de programas. Concluyó con un cuento judío: dos hermanos durante la noche le llevaban al otro trigo de manera escondida, tomándolo de sus respectivos almacenes. No entendían por qué el nivel de sus graneros estaba siempre igual. En ese lugar, una noche, se encontraron, entendieron y se abrazaron. Allí se construiría el Templo de Salomón. Es la imagen perfecta de la fraternidad.
Un ejemplo concreto de este espíritu es el focolar “Proyecto Europa” de Bruselas, narrado por Luca Fiorani, Letizia Bakacsi y Maria Rosa Logozzo: una ex pizzería trasformada en casa de diálogo entre parlamentarios, refugiados, funcionarios y jóvenes, en el silencio de las redes sociales y en la simplicidad del encuentro. Una iniciativa que ha sido posible también por el diálogo estructurado previsto por el Tratado sobre el funcionamiento de la Unión Europea.
El grupo del diálogo multipolar ha dado testimonios fuertes de las heridas del Este. Palko Tóth recordó a los jóvenes soldados rusos sepultados en Budapest: «Ellos también son hijos nuestros». Muchos del Este viven una desilusión respecto del Oeste. Para sanar esas heridas nacerán nuevos talleres de diálogo, como el encuentro internacional en Transilvania sobre las identidades relacionales.
Franz Kronreif y Luisa Sello ilustraron acerca de Dialop, un recorrido de diálogo entre la izquierda europea y el mundo católico, inspirado incluso en el “Paraíso ’49”. El proyecto, alentado por Benedicto XVI y por el papa Francisco, trabajó sobre grandes temas éticos con la lógica del “consenso diferenciado y disenso cualificado”.
Muchos testimonios enriquecieron el encuentro. Una pareja rusa dividida por relatos opuestos acerca de la guerra en Ucrania; una pareja de la región Tirol del Sud en Italia, acostumbrada a convivir con idiomas y culturas diferentes; un sacerdote eslovaco preocupado por la pérdida del sentido religioso en Europa occidental.
En las conclusiones, Morán les recordó a todos el misterio de Jesús Abandonado como clave de la identidad europea. Mencionó también el crucifijo de San Damián –“el Dios que viene de Europa”–. Europa ha universalizado el Evangelio pero lleva consigo también sombras históricas como la colonización, las guerras y el nihilismo. Pero justamente allí nace el carisma de la unidad. «No se trata de superioridad –dijo– sino que es cuestión de custodiar lo que Europa aún puede donar al mundo; sobre todo pueda dar a Jesús Abandonado».
Por eso es necesaria una “mística relacional cotidiana”, hecha de diálogo, redes vivas e iniciativas culturales y políticas. Todo lo que existe –Juntos por Europa, el diálogo multipolar, el Focolar Cultura, “Proyecto Europa” de Bruselas, Dialop– forma parte de una única trama que hay que custodiar y hacer que crezca. «Hay que ir adelante, mantener viva la red, cada uno en su propio compromiso».
Los saludo en nombre del Movimiento de los Focolares en el mundo, que se une a la oración de esta Peregrinación digital. Junto con todos ustedes, queremos elevar nuestra voz a Dios para pedir el fin de la trata de personas y afirmar la dignidad de cada ser humano:
Señor, Dios nuestro,
Tú amas a tus criaturas. Has dado los bienes de la tierra para que todos puedan vivir en paz como hijos tuyos.
Hoy se eleva a ti el grito de quienes son violados, explotados de manera degradante, de quienes son víctima de la trata de personas.
Ayúdanos, Señor, a estar junto a estas hermanas y hermanos, multiplica las fuerzas del bien para alimentar su esperanza en la posibilidad de una nueva vida.
Sensibiliza los corazones de los indiferentes. Haz que, desde cada ciudadano, hasta quienes tienen en sus manos el destino de los pueblos, crezca la conciencia de luchar contra esta grave llaga social.
Señor, te pedimos que sepamos difundir por todas partes el llamamiento global que hoy se propone, para que se haga tu voluntad en la tierra como en el Cielo.
Unidos, sigamos rezando y trabajando por la justicia. Gracias a cada uno y a cada una por formar parte de esta cadena de esperanza y amor que atraviesa el mundo.
Margaret Karram
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