En este segundo episodio, continuamos nuestro viaje por el Centro Internacional de Rocca di Papa (Roma) para hacerles partícipes de algunas curiosidades, seguir compartiendo las impresiones de los consejeros que, con la Asamblea General de marzo, concluyeron su mandato, y llamar a la puerta de algunos de los recién elegidos para saber algo más sobre ellos y conocer su visión para el próximo quinquenio.
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He aquí, en resumen, el relato del acontecimiento (del 16 de julio) que se nos ofrece, recuperando su encantador espíritu evangélico. Ante la propuesta que Igino Giordani (Foco) le hace (a Chiara Lubich) de «unirse estrechamente» a ella para seguir más de cerca a Jesús ─como ocurría con santa Catalina y sus seguidores─, Chiara se siente impulsada a responder invitándolo a formular un «pacto», en fidelidad a la lógica evangélica a la que ha aprendido a modelar su vida [1]:
“Tú conoces mi vida: yo soy nada. Quiero vivir, de hecho, como Jesús Abandonado que se anuló completamente. También tú eres nada, porque vives de la misma manera. Pues bien, mañana iremos a la iglesia y a Jesús Eucaristía que vendrá a mi corazón, como en un cáliz vacío, yo le diré: ‘Sobre mi nada pacta tú unidad con Jesús Eucaristía en el corazón de Foco y, Jesús, haz de modo que se manifieste entre nosotros el vínculo que tú sabes’ […]”: Y luego añadí: “Y tú Foco, haz lo mismo”. (Párrs. 24 y 25 del texto de Chiara Lubich publicado en «Paraíso 49», Città Nuova, Roma 2026).
El relato es sobrio y extremadamente sencillo. El acontecimiento que surge de él como un don, una vez que se ha realizado el pacto y del que se da testimonio, supera toda expectativa humana. Y en esta forma, es también inédito en la historia de la experiencia cristiana.
Se puede intentar desentrañar su sentido a partir de lo que Chiara cuenta, en primer lugar, a Foco, para “explicarle” ─escribe─ lo sucedido. “¿Sabes dónde estamos?”: con esta pregunta comienza, invitándolo a abrir con ella los ojos del alma al escenario que se ha desvelado con el pacto. De aquí se intuye que el pacto crea las condiciones para que se produzca una gracia de Dios: la percepción mística de la presencia de Jesús en el hacerse Chiara y Foco (e inmediatamente después aquellos a los que se extiende el pacto) “una sola cosa” – realizada en Él y por Él, a través de la Palabra vivida y de la Eucaristía–. Y así en cada uno de ellos. Ciertamente, la identificación vivida y percibida, con Jesús, que experimenta Chiara, manifiesta la gracia extraordinaria común a todas las auténticas experiencias místicas atestiguadas a lo largo de la historia de la Iglesia. Pero lo que se pone de relieve, en la experiencia aquí descrita, es que esto ocurre para Chiara en la unidad en y gracias a Jesús que ella vive con Foco, y poco a poco con las demás personas a las que se les comunica la experiencia. Hasta el punto de que se les hace partícipes de ella.
[1] Nos encontramos ante una característica específica de la experiencia cristiana propiciada por el Carisma de la unidad: el “pacto”. Sea cual sea su origen en el pensamiento y la práctica de Chiara, es evidente que la dinámica de “pactar” implica compartir, con quienes se involucran en el pacto, la referencia fundamental a Dios de la propia existencia y la decisión de cumplir juntos su voluntad: de modo que el pacto, entre quienes lo viven, se hace expresión del pacto con el que Dios mismo estableció una alianza con su Pueblo en el Antiguo Testamento, y que “de una vez para siempre” renovó escatológicamente en Jesús. Nos encontramos, pues, ante un “fundamento” de la experiencia de la Revelación. “Anteriormente ─recuerda Chiara en una nota─, habíamos vivido otros pactos, como el del amor recíproco. Este había realizado un salto cualitativo en nuestra vida, haciéndonos experimentar la presencia de Jesús en medio con los dones del Espíritu que Él trae consigo: la paz, la alegría, la luz, la fuerza. El pacto de misericordia, después – así llamábamos a aquel pacto con el que, nosotras focolarinas, nos comprometíamos a vernos nuevas cada día, sin recordar los defectos de la otra, como si nos encontrásemos por primera vez – nos había ayudado a perfeccionar el amor mutuo” (nota 30). El pacto de unidad, suscitado por la petición de Foco y vivido según la modalidad descrita por Chiara, produce un nuevo y decisivo ─en la lógica, se diría, del desplegarse del Carisma de la Unidad como don de Dios─ «salto de calidad»: el de la identificación, donada y percibida, con Jesús y el de reencontrarse en el seno del Padre.
En 2026 recordamos el 60° aniversario de la llegada del Ideal de la unidad del Movimiento de los Focolares a Asia y Oceanía. Era el 22 de febrero de 1966 cuando cinco, entre focolarinas y focolarinos, llegaron a Manila, enviados por Chiara Lubich –la Fundadora del Movimiento de los Focolares– en respuesta al pedido del que era en ese momento Arzobispo de Manila, el Cardenal Rufino Santos. Giovanna Vernuccio, Silvio Daneo, Guido Mirti, Ednara Tabosa y Magdalena Brandao fueron los primeros protagonistas de la aventura de los Focolares en Asia, y más allá. Desde Manila se sucedieron los viajes a Japón, Corea, Hong Kong, Taiwan, India, Pakistán, Tailandia, Camboya, Vietnam, hasta llegar a Australia.
El Movimiento de los Focolares se difundió así en el continente asiático transmitiendo a los que contactaba el espíritu de la unidad que lo caracteriza, a pesar de la enorme diversidad de culturas, religiones e idiomas. Este recorrido abrió el camino al diálogo ecuménico e interreligioso que sigue hasta el día de hoy.
Para recordar este aniversario en varias zonas de Asia se llevaron a cabo eventos conmemorativos. Entre ellos, mencionamos el que han organizado la comunidad de Manila y la Ciudadela Pace de Tagaytay del 12 al 14 de junio de 2026. El programa se concentró en los orígenes del Movimiento en Asia, en la difusión por todo el continente a través de la narración de testimonios; se desarrolló también un taller sobre la inmersión de la realidad del Movimiento en el mundo y hubo una solemne oración por la Paz. El último día, durante la celebración de la Santa Misa en la Ciudadela Pace, estaban presentes alrededor de 700 participantes, algunos llegados también de países limítrofes. Una atmósfera alegre y familiar se impuso en todo el evento, acompañada por una profunda gratitud para con los pioneros. El actual Arzobispo Metropolita de Manila, el Cardenal José Fuerte Advíncula, el Nuncio Apostólico Arzobispo Charles John Brown, los obispos Roberto Mallari, Mel Rey Uy, Reynaldo Evangelista, Guillermo Afable, Gerardo Alminaza, el Embajador de Italia en las Filipinas Davide Giglio y el obispo Joel Polares de la Iglesia Filipina Independiente (Iglesia cristiana nacional independiente) y alrededor de 30 sacerdotes participaron en el evento, junto a varios amigos de otras Iglesias, de varias religiones y una fuerte presencia de jóvenes. El Embajador de Italia afirmó que se había sentido profundamente regenerado por la celebración, y sugirió que se repitiera todos los años.
Entre las impresiones más significativas: “El 60° aniversario ha sido para mí una celebración de todos aquellos que han hecho una opción clara por Dios –afirma Suzette–, siguiendo a Chiara Lubich con la propia vida. El “sí” de cada uno ha generado innumerables “sí” que me han traído hasta donde estoy hoy”. Y Kreng dice: “Con profunda gratitud a Dios y a todos ellos, voy adelante más convencido, con la pasión de hacer posible que el «que todos sean uno» ¡se vuelva una realidad para todos”!
“La celebración ha sido como una gota de lo divino en un mundo tan lleno de sí mismo, una bocanada de aire fresco en un momento en el que las vidas se ven sofocadas por el aislamiento y la división; ha sido la tierna cercanía de Dios” confirma Floradel, mientras que Merlie añade: “La celebración del 60° aniversario ha sido de veras memorable, conmovedora y significativa. Ha marcado también un nuevo compromiso y una nueva esperanza”.