He aprendido a reírme de mí mismo; a veces me vuelvo bastante ridículo en esos momentos en los que me siento frágil. Estoy atento al sentido del humor de las personas que están a punto de morir o se enfrentan a una tragedia. Esto lo aprendí del fundador de la Logoterapia, Víctor Frankl.
¿Qué me fastidia?
Que la gente no entienda cosas bastante obvias.
¿El lema de mi vida?
Es una frase de Pablo VI: «Bienaventurados estos tiempos tormentosos y paradójicos, que casi nos obligan a la santidad». En palabras más laicas se puede decir que: son tiempos que nos obligan a ser íntegros.
¿Mi punto fuerte?
Diría que está relacionado con este lema: soy capaz de mantener la serenidad en situaciones de crisis. Tengo un «optimismo trágico».
¿Mi punto débil?
Soy un poco perezoso y, además, corro el riesgo de juzgar prematuramente las situaciones y a las personas, pero trato de estar atento a esto y convertirme.
¿Qué es lo que más me importa en mi nuevo servicio?
Humanizar las relaciones institucionales. Ser realista. Y, también, no salir nunca y con nadie de la dinámica del diálogo. La unidad con Margaret.
¿Mi lugar favorito?
Los barrios sencillos y pobres de las ciudades latinoamericanas donde se puede charlar sencillamente con la gente, ¡quizás tomando un mate juntos!
¿De dónde saco fuerzas?
Soy una persona religiosa, de pueblo, latinoamericana. Cuando puedo, o cuando tengo algún nudo que desatar, hago peregrinaciones a los santuarios marianos y también tengo imágenes de mis «santos protectores». En definitiva, saco fuerzas de la oración y también de estar con mis amigos. Me gustaría tener siempre tiempo para ellos.
¡También dormir bien me ayuda! Por la mañana todo parece posible.
¿Qué me preocupa?
Que nuestro carisma no se comprenda en toda su grandeza y, por eso, me preocupa si lograremos purificarlo del pecado del «dominio» y de la falta de autenticidad que ha contaminado nuestras relaciones.
Roberto Almada, nacido en 1956 en Rosario (Argentina), es el nuevo copresidente del Movimiento de los Focolares. Estudió medicina y es especialista en psiquiatría. Además, es doctor en filosofía y cofundador de la Escuela de Logoterapia en Uruguay y Paraguay. Conoció el Movimiento de los Focolares en 1976. Desde hace muchos años vive en las comunidades de los Focolares, entre otros lugares, en Uruguay, Paraguay, Argentina y en el Centro Internacional de Rocca di Papa. Roberto Almada es autor del libro «El cansancio de los buenos».
El 22 de abril unos treinta líderes de Iglesias y organizaciones cristianas mundiales han visitado el Centro Internacional del Movimiento de los Focolares en Rocca di Papa, Italia. La visita se integraba en el programa del encuentro anual de la Comisión Internacional del Global Christian Forum (GCF – Foro Cristiano Mundial), que se llevó a cabo en Roma en esos días, y ha sido una ocasión significativa para conocerse recíprocamente y para el diálogo ecuménico.
El encuentro permitió profundizar la historia, el carisma y el compromiso del Movimiento de los Focolares por la unidad de los cristianos. Tras una presentación introductoria, se abrió un diálogo intenso y participado, animado por numerosas preguntas y reflexiones. Al terminar, Margaret Karram, Presidente del Movimiento de los Focolares, les dirigió un breve saludo, compartiendo al mismo tiempo un testimonio personal que suscitó una fuerte resonancia en los presentes.
Los miembros de la Comisión expresaron su gratitud por la acogida recibida y por la luz que surgió en el encuentro. La Commissioner Jane Paone del Ejército de Salvación Internacional comentó: “Para mí ha sido una experiencia muy ‘vibrante’”: me ha impactado la alegría y la hospitalidad”. El doctor Hanns Lessing, representante de la Comunión Mundial de las Iglesias Reformadas, decía: “Me ha impresionado en particular de qué manera el mandato evangélico‘Ama a tu prójimo como a ti mismo’ se puede traducir hoy en “una invitación a amar a la otra comunidad eclesial como a la propia”. El profesor Dirk Lange de la Federación Luterana Mundial hizo hincapié en el vínculo entre las narraciones escuchadas y la identidad del Global Christian Forum: “Las historias de fe de Chiara Lubich y de Margaret Karram nos han llevado al corazón del GCF: construir relaciones a través de la donación de uno mismo, en la confianza de que Dios siempre proveerá. El amor de Dios está en el centro y el amor recíproco une”.
Los participantes en la reunión anual del Comité Internacional del Global Christian Forum
Fundado en 1998 por iniciativa del Consejo Ecuménico de las Iglesias, durante el mandato del entonces Secretario general, el doctor Konrad Raiser, el Global Christian Forum es un espacio ecuménico único que reúne a todas las principales corrientes del cristianismo mundial, incluidas las Iglesias pentecostales y libres. Su carisma específico es compartir las historias de fe personales como camino privilegiado para construir relaciones, superar las distancias históricas y promover la unidad en la diversidad. Tal como ha puesto de relieve en esos días el doctor David Wells de la Pentecostal World Fellowship: “el GCF favorece un diálogo que no parte de posturas doctrinales o políticas, sino de las personas”.
La Comisión Internacional, compuesta por alrededor de unos 30 responsables eclesiales –entre los cuales, desde el año 2026, también el Movimiento de los Focolares– ha reflexionado acerca de los retos del futuro, en un mundo marcado por crecientes polarizaciones que atraviesan incluso las Iglesias. Surgió una pregunta central: ¿cómo podemos ser hoy reconciliadores?
Fue claro para todos que el GCF ocupa un sitio único en el panorama ecuménico. Utilizando una metáfora eficaz, David Wells añadió también el siguiente concepto: “El GCF es como un fertilizante: trabaja debajo de la superficie. No siempre se lo ve enseguida, pero sus frutos surgen con el tiempo, orientados hacia la unidad visible”.
Por todo ello, se puso de manifiesto una fuerte consonancia entre el objetivo y método de diálogo del Global Christian Forum y el carisma y “diálogo de la vida” del Movimiento de los Focolares, abriendo perspectivas de colaboración ricas de esperanza para el camino de la unidad de la Iglesia y de toda la familia humana.
En los momentos de la vida en los que nos sentimos desanimados ante el futuro o decepcionados por las personas más cercanas, puede ocurrir algo repentino e inesperado, capaz de dar sentido a todo y transformar ese desencanto en alegría e incluso en una nueva paz dentro y fuera de nosotros.
A veces se trata de una experiencia tan personal y profunda que nos da el valor de salir de nosotros mismos y compartir con los demás el motivo de nuestra alegría, casi como para animar a todos a revivirla, no solo individualmente sino también como grupo. Quién sabe si esto no puede convertirse en nuestra misión: llevar la alegría que es fruto de una transformación interior y que, a su vez, transforma nuestro entorno, renovándolo.
Sin embargo, frente al impulso inicial, a esa sensación de poder «conquistar el mundo», la realidad es difícil de afrontar y los compromisos se vuelven difíciles de mantener. ¿Dónde encontrar la fuerza para no rendirse y ser siempre portadores de alegría y paz? ¿Cómo no dejarse vencer cuando a nuestro alrededor parece que la humanidad ha fracasado como tal?
Puede ayudar tener una mirada diferente sobre las situaciones, lo que significa buscar todo lo positivo que hay en las circunstancias, sin ingenuidad, pero yendo más allá de las apariencias y encontrando la fuerza para no desanimarnos. Descubriremos que si cambiamos la forma en que miramos las cosas, las cosas que miramos, cambian. Se trata de comprometerse en una lucha diaria por el ideal de un mundo renovado.
Podemos encontrar la fuerza uniéndonos a aquellas personas que, como nosotros, no se resignan al statu quo, sino que se unen para ser instrumentos de cambio.
Especialmente en este momento histórico, es fundamental mirar ante todo dentro de nosotros mismos, escuchar nuestra conciencia, que en todo momento nos sugerirá cómo actuar o qué palabras compartir, para que el acercarnos a los demás, compartiendo sus aspiraciones, abra nuevos caminos de renovación de la sociedad.
Después de haberse aparecido a María de Magdala en la mañana de Pascua, al atardecer de aquel mismo día el Resucitado se presenta por primera vez entre sus discípulos. La reacción inmediata de ellos es de alegría, acrecentada por la paz, esa paz verdadera que solo Él puede dar [1]: «La paz con vosotros» (v. 21). Alegría y paz son frutos del Espíritu [2]. De hecho Jesús les dice inmediatamente: «Recibid el Espíritu Santo» (v. 22).
«“Como el Padre me envió, también yo os envío”. Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo”».
Padre dio a Jesús, sino que los recrea como humanidad nueva. El gesto del Resucitado que sopló sobre ellos es el mismo que el Creador hizo en las narices del hombre, que formó con polvo del suelo [3] (cf. Gn 2, 7). Así como la creación es obra continua del amor del Padre, que sostiene el universo entero, la nueva creación obrada por el Resucitado en el Espíritu Santo sostiene continuamente a la humanidad que está en camino hacia el Reino.
La Palabra de Vida de este mes nos recuerda que en nuestra existencia tenemos una gran posibilidad: convertirnos en otros Jesús. Y esto es verdad para cada uno de nosotros personalmente, pero aún más comunitariamente. Jesús habla en plural a sus discípulos, pues solo juntos, cada miembro con su peculiaridad, pueden repetir el cuerpo místico de Jesús.
«“Como el Padre me envió, también yo os envío”. Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo”».
Así pues, como hijos en el Hijo, tenemos la misma vocación que Jesús: salidos del seno del Padre, estamos llamados a volver a Él y a repetir en el mundo sus gestos y sus palabras, acompañados por la gracia del Espíritu Santo. Si nos abrimos a este don, también nosotros podemos afirmar con Pablo: «Y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Ga 2, 20). [4].
Entonces, esta palabra nos invita a profundizar nuestra relación con el Espíritu Santo, tanto en la oración como en la vida de cada día, «escuchando aquella voz» y recordando que «sin el Espíritu Santo, Dios resulta lejano, Cristo permanece en el pasado, el Evangelio es letra muerta, la Iglesia es una simple organización y la misión es propaganda.
Pero con el Espíritu Santo, el cosmos se eleva y gime en el alumbramiento del Reino, Cristo resucitado está con nosotros, el Evangelio es poder de vida, la Iglesia significa comunión trinitaria y la misión es un nuevo Pentecostés »[5].
«“Como el Padre me envió, también yo os envío”. Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo”».
Andrés es un adolescente en plena crisis existencial: sus dudas sobre el sentido de la vida, el miedo al futuro y su sensación de fragilidad le parecen montañas insuperables, y a menudo se siente desanimado e infeliz. Alguien le sugiere hablar con Chiara Lubich. Justo antes de hablar con ella, Andrés la oye pronunciar en voz baja «Espíritu Santo», y comprende que Chiara está rezando.
Durante el coloquio con ella se siente profundamente comprendido, escuchado tal como es. Y recobra la paz, no porque sus problemas hayan desaparecido de repente, sino porque ahora hay alguien con quien compartirlos.
«De Chiara no solo recibí una ayuda concreta –confiesa años más tarde–, sino que también aprendí un estilo: estar cerca de quien sufre con delicadeza y comprensión, sin juzgar, tal como haría Jesús».
Esto solo puede realizarlo el Espíritu Santo si lo acogemos y dejamos que actúe en nosotros.
Claudio Cianfaglioni y el equipo de la Palabra de Vida